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lunes, 16 de abril de 2018

JAIME DÁVALOS Y EDUARDO FALÚ - ZAMBA DE UN TRISTE

Era yo, por ese entonces, director del Museo Colonial de Salta, cargo que era una canonjía, pues uno se la pasaba rascándose y con propensión progresiva a convertirse en pieza de museo. Gracias a la gestión de mi amigo el poeta Julio Díaz Villalba ocupaba yo ese puesto en el Cabildo, entre reliquias de nuestro joven pasado y aquellos muros con que la tierra de Salta nos cobijaba en un abrazo de adobe.
Eduardo Falú me visitaba de vez en cuando y recordando nuestra Canducha famosa ya, aprovechábamos el auspicio claustral de aquellos muros históricos para despicar el gallo, o lo que el lo mismo, tomarnos unos tragos y esperar a que las musas nos asistan, invocándolas y hasta tentándolas con algunos preludios.
Cuando nos ambientábamos, o sea cuando entrábamos en temperatura -¡y ojo los mojigatos!-, he dicho temperatura y no incendio, perturbábamos la paz gloriosa de nuestros manes patrios cantando a dúo, para templar, las viejas canciones del terruño: "López Pereyra", "La cuartelera", "Blanco y azul"...
En una de esas noches nació el aire de la "Zamba de un triste", cantando la angustia que se siente cuando va muriendo el sol y nuestro amor está ausente. Cuando vuelan las palomas por el cielo atardecido y al arrullarse en el monte, regresan buscando el nido. ¡Ay soledad de la carne del alma, cuando sin fin el paisaje se desangra, con el canto del crespín!
Correcciones y pruebas, oírnosla, a ver cómo sonaban las palabras, si las sílabas se articulaban con fluidez al cantarlas. Después de algunos ensayos en soledad, y cuando nos creíamos seguros... salimos al balcón del Cabildo y proclamamos el nacimiento de nuestra canción a los amigos poetas y pintores, que a esa hora -ocho de la noche- paseaban su solemnidad prócer por la retreta, la vuelta de perro o como se llame esa exposición colectiva pedestre de ejemplares provincianos.
¿Subieron todos, cinco o siete?, no sé. Todos con anticipada circunspección por el papel de jueces que le habíamos conferido. Se sentaron a diestra y siniestra en sendas sillas coloniales y con objetiva impavidez de antepasados, nos escucharon cantar sin que se les moviera un músculo. Cuando terminamos, con el infantil anhelo de oír un juicio cualquiera, los miramos, interrogantes... nada. La actitud mural parecía una consigna... "Nihil profeta en terra sua" pensé para mis adentros... consolándome y consolándolo a Eduardo que también hubiera deseado una opinión. Sólo uno de ellos rompió el silencio con una interrogación acusatoria:
-¿Así que ahora hacéis zambitas?... - y pensé sin decirlo para no entrar en ociosas discusiones, que lo que acabábamos de crear con mi amigo era algo que rompía la cáscara de una circunstancia pequeña, placera, provinciana... y que nuestro auditorio no estaba ahí, sino en los miles de oídos populares que recibirían sin prevención nuestro mensaje.
JAIME DAVALOS




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